lunes, 24 de septiembre de 2012

Al observar la imagen impresa sobre papel



Al observar la imagen impresa sobre papel, sobre filme, nos   percatamos de una realidad central: recordamos que no podemos recordar. Recordamos que no podemos recordar con esa fidelidad que la fotografía, por tratarse de un medio a menudo realista, a menudo pictorialista, parece transparentar, parece reclamar: recordamos (y en este recuerdo, se produce un salto cognitivo que despierta antes que un conocimiento, algo del orden de la firmeza de una revelación) que es imposible recordar, hacer concordar una imagen A con un referente A.  La fotografía patentiza una verdad, que es, que el referente no subsiste como alineación correcta entre cuerpo y recuerdo. Estos nunca coinciden, y por ese motivo sabemos entonces, que jamás podrán coincidir. Barthes le da a este fenómeno el lugar relativamente subordinado de “rareza”: más que una anomalía, constituye la especificidad misma de la Foto. 


foto tomada en la estación Juramento, subte línea D.



La fotografía pues, produciría un golpe de reconocimiento, el efecto emancipador del distanciamiento: aquí me incorporo sobre el teclado, tipiando unas letras, pero solucionando más bien la ambición de una vida entera; el trabajo de una joven vida; la Foto me muestra  enteramente desarticulado por la soledad de la tecla, por el golpe del dedo. El instante de la fotografía pondría en jaque ese mesianismo o ese calvinismo que se ha prendido a lo sucesivo de la vida, esa regla que se acelera a hacer: esto, pero en pos de eso. La fotografía posee la capacidad de transparentar esa muy redituable, terrible, fe adventista.