martes, 9 de octubre de 2012

Pero el amor no obliga a matar
















Lo único que realmente trataré de evitar es la miseria. De todas formas, esto es así, por amor no hay nada que no haría. Mataría, incluso. No sólo me iría así. Mataría así, también. Pero el amor no obliga a matar. Viviría así, digamos. Por amor, viviría. Sin embargo, nadie se banca que uno viva realmente por amor. A la gente le da pánico que uno sea capaz de vivir por amor.


Yo no te voy a dejar nunca. Tampoco voy a tomarte.


el señor se mantiene a pie



el señor se mantiene a pie en su oficio de plomo. es joven pero se detiene con frecuencia a mirar el musgo que crece en la pared de nuestro estanque. el reservorio lo fascina, quizá la idea de algún día realizar el minúsculo conteo de lo que se agota.

felicidad que emana de tus yoes

"los relámpagos saltan desde lo alto del cielo con el deseo de venir a tocar la tierra"

"de pronto lo antiguo se precipita"

"el servilismo y la identidad que son vínculos, prevalecen sobre la libertad y la aventura 
que son más ebriedades que posiciones"

                                                                                                                                                           Pascal Quignard


La atracción será una cuestión de convencer al otro: sí, esta parcela que soy yo, será también contacto con el todo. Así. El hombre que sentís en mí son todos tus hombres. Contacto y realización, descubrimiento también. Convencerse del otro, volviendo posible el gusto. No encender la erótica interna que busca, torpe, dar con el individuo que pulveriza a los otros. La libertad proviene más bien de la atracción: ahora siento en vos todas las mujeres.  Felicidad que emana de tus yoes. 


desciende la realidad








A menudo, desciende la realidad de un mundo y me espanto.

fracasa dos veces, fracasa mejor




Estuve pensando, tu (...) me llena de espanto, me parece igual que someterse a la indagación, a la examinación, exposición según un criterio de verdad, ante un juicio de gusto.  Saber que uno puede no gustar es muy fuerte. Saber que el producto que uno produce, con mucha pena, con conciencia y sabiendo que esa exposición encierra también la mercantilización del cuerpo, de la energía proyectiva, puede, a pesar de todo ese sacrificio, correr también el riesgo del rechazo. Es decir, que la intimidad más verdadera no sea irrecusable, sino más bien, objeto de evaluación. 





No habría otra forma, y esa, a mi entender, es la más bella. En general no uso esa palabra. La decido ahora porque pienso en la belleza del fracaso. Beckett dice aprende a fracasar, fracasa dos veces, fracasa mejor. Todo intimidad es la exposición de un fracaso. Es que en realidad ¿qué habría para exponer si no es, en última instancia, el fracaso más rotundo? pienso que hay que saber rodear la belleza que esconde ese episodio; un sinuoso rodeo entre dureza y fracaso. Se puede decir que al fracasar se ha estado ahí. Eso, por sí mismo, todo lo que habría que esperar.


El tiempo del fracaso no tiene esencia. Ella esencialmente le está negada. Por eso, en esas situaciones (donde uno se ve caer hasta los bajos fondos) se amplía en el alma la indigencia. Todo el cuerpo inaugura la extensión vacía en la promesa de ser. Y se es luego de haber sido expulsado del paraíso terrenal. Por que eso sí, en esos predios de perfecta armonía, nadie podrá decir que se ha sentido el cuerpo, que se transpirado lo suficiente, que se ha quebrado la voz como el amor o la vida en mil trompetas, que se ha roto la epistémica soga dejándonos sin el ropaje necesario para conocer, por luz natural y de bien sabida gana, las cosas en su justo orden, en su medida exacta, en sus pasos fríos del que sabe que camina y hacia dónde va.

(El tiempo de fracaso es simultáneo al tiempo vital. 
Los poros se abren, aflora preponderante el sexo encastrado 
en la vergüenza, surgen inútiles alas para el Ícaro perdido, 
y aún así, el estar mece la cuerda de la presencia, 
y se está, se estuvo, acaso, se habría podido estar).


en el canto, las notas empiezan a sonar






en el canto, las notas empiezan a sonar, no en la boca, ni en el pecho, ni la garganta. sino en un calor húmedo que hace materia en el aire que bordea la boca abierta. esto mismo se siente en la panza de la guitarra, las cuerdas cuando suenan después de un largo rato, y vibran y tocan cajas en el propio cuerpo. mis cuerdas están tocando mi cuerpo, en mi cuerpo, suenan. 








hay sirenas y ruidos en todos mis pisos. ahora estoy en un suelo que alquilo para escribirte. no te escribo, hago ruido. deberías decirme: no escribís, hacés ruido de cajas huecas. hay suelo mientras es de noche. son cinco focos los que iluminan un perfil, una mano que quiere tomar. escucho bocinas, creo que soy yo que pongo la boca en o y grito y ningún auto se mueve en la avenida. este silencio prolongado aturde, me duelen indistintas las muelas de mi boca.  soy incapaz de arrancarlas. fijate.  un hombre quiso robarme mientras te escribía. no pude decirle que me daba pena su urgencia. me pidió disculpas. no perdoné. le pedí disculpas por tener la mochila llena y un cierre y algo para sacarme. se escapó. la gente civil lo sigue, dicen: no te apenes,  lo hubiéramos corrido. le pido perdón. soy tan cruel. 



horcas, pisones y rastrillos




a las siete de la mañana llegaron a casa los demoledores. cerraron las puertas y empezaron a picar la pared sin ninguna caridad. los golpes de pala me despertaron. amenazaban cortar el agua de toda la casa. supliqué me dejaran tomar el último baño. los demoledores sostuvieron las horcas, pisones y rastrillos en mano, hacia lo alto, dándome tiempo para limpiar el cuerpo con el agua tibia y conocida hasta hoy. el último bautismo pensé. después escuchamos los golpes volver escombros lo que era nuestro. así elegimos el octubre que empieza haciendo metáfora. no podemos ser los demoledores de la época. se nos exige representar a fuerza de pala una caída, una rotura en la pared.