viernes, 19 de octubre de 2012

azufre de estos ojos que nos duelen



/ Soñé que nos conocíamos por primera vez en un lugar cerca del mar al que visitábamos con nuestras familias. Nos hablábamos y nos reconocimos en la cara una profunda  tristeza, un profundo mal y la soledad. Te bañaste varias veces y siempre que te veía mojada, la imagen daba una sensación de muerte y sueño. Siempre estabas linda y algo se moría cada vez. Me viste y estabas así. Estabas tan cansada del mundo y vos , según perdida, según mi pérdida también, en el mundo que aparecías, según el mundo, ya. 
El amor como una soledad que siendo bravo, y corajudo y fiel, se empieza a perder.


/ Cuando me conociste me miraste y entendiste que era objeto y era triste y que vos buscabas dónde y qué llorar. Por eso desde esa noche, nos prestamos cada vez el azufre de estos ojos que nos duelen. 

carta XIX


















El sueño era fondo negro. Adelante, letras grises decían tu nombre. Eran las tres de la tarde, como si las palabras que te decían dijeran también la hora y como parte de la misma revelación, el hecho evidente de que te habían matado. Leía el nombre fijo y repitiéndose, parecido a cuando pasan los títulos al final de la película pero en este caso, las letras no se movían.  Lo curioso era que en esa quietud se anunciaban y determinaban un mundo indicando una ausencia.  El antes o después de los hechos no lo sé. Habías estado en un bar, alguien entró , disparó y se fue. Yo leía tu nombre blanco sobre fondo negro y pensaba en tus mujeres y pensaba en mi pensando en ellas.Y lloraba pensando que ellas también iban a llorar. 
Cuando lloro en un sueño siempre es un llanto ahogado, queriendo llegar al fondo del agua pero ahogándome en la conciencia de no poder alcanzar ese atrás o esa última manera de llorar. Me dolía que algo tan vivo dejara de ser. En realidad era eso lo irremediable. Vos eras una excusa, una manera de decir en las letras de tu nombre que lo despierto puede dormirse o lo vivo seguir siendo sin estar.

Me desperté. Creo, le conté a L con los ojos cerrados lo que había soñado. No me acuerdo qué me dijo. Volvimos a dormir.


Hacia una tarde


Hacia una tarde. La visita tomó ningún rumbo. Hacia una ciudad de una sola tarde. Mundo madera. Los árboles sobre montes de arena. Comimos nuestras raciones. Nos racionaron las expectativas. Los templos fueron al suelo a rumiar. Me propuse entonces siempre preferir las provincias. Exigencia de un amor intolerante.  La cresta del ángel, el salto de la columna, el pozo del mar, mis carozos doble donde demoro. 


  

Un viaje hacia la calvicie, a menudo agradeciendo el esfuerzo del bebedero.  Mi sed.

Merzliakov



Merzliakov





Dispongo de oro y plata: ¿a quién repartir?