sábado, 9 de marzo de 2013

¿Las hojas del árbol, se caen o se liberan?




El mundo se anda, luego de a muletas, a pie.
Elegirás la sombra en la época más larga.
Será detrás y nunca funcionando 
donde el calzado en los pies reanime 
la marcha detenida por quien solo 
quiso avanzar. 






Así es decir





Cuando estoy en casa el libro que uso para mirar el pronóstico es el de Zurita. Me gustaría leerte de corrido varios poemas. También escuchar chinawoman en volumen alto y estirarte la espalda para sientas que el mundo se doblega vertebrado como vos. 



Cuando el mundo sin estallar, se rompe y se escribe




Tengo que desecar la literatura, volverla a pisar, 
removerla, volverla a pisar con el pie.





Se escribe. Y punto. Pero jamás lo que se quiere. 
Se quiere. Y punto. Por eso escribir es querer y puntuar. 
Como se quiere tanto- clavaría los colmillos, y no contenta con la pura sangre 
desgarraría la carne, la vena, la entrada- llega tanto a doler. 
Te leí como a un hombre mayor. 
Somos menos jóvenes cuando el mundo sin estallar, se rompe y se escribe. 
L dijo que había libros que hacen muy mal. Sin retorno, decía. 
Por eso agregué: el único camino es extraviarse por completo. 
En cuanto a mí, afirmo con calma el rasguño del aire. 
Las uñas son todas cuando no es ninguna. 
Esto tiene una ventaja: no me puedo enojar con invisible.






No acerté



Son las tres y treinta y tres. 
Tomé. Robé que era como tomar o robar de alguien que siempre algo. 
Esta tarde hablamos de la unidad en la letra. 
Vos mostraste la vena más azul del brazo 
para que viera que lo que va, vuelve y respira.
¿Por qué empieza un principio o termina un final?
Tres y treinta y cinco. Los minutos son como las palabras:
sabemos que vienen pero no podemos adelantarlos. 
No corro. Descansá. No quiero que persigas una bruja 
a medio morir, a medio caer.
Ni por mí, ni por lo hecho.  En el paso. Se abre.  
Quitá. Pero hacé que vea en los ojos lo inquieto.