domingo, 12 de mayo de 2013

Tu casa era una casa destartalada y grande




Algunas paredes eran rojas. 
Otras tenían el límite de la pintura
después de húmeda,
seca y a punto de caer.
Tu cuarto era un galpón
de maquinaria en desuso.
Tu mujer era tu mujer
y tu hijatu hija. 
Iba de visita en tren. 
El viaje era de tres horas.
Salía o llegaba de noche. 
La luz nunca era la misma.
En la puerta de entrada
había una reja ya vencida. 
Me gustaba pensar que era frágil
y en vez de proteger la casa
la exponía. Abrías sin llave. 
Tu hija jugaba entre las plantas.
Comía uvas, quinotos, peras. 
Ah, esto no te lo dije: 
vivías en una casa
llena árboles frutales.
Tu mujer me mostraba
el cuarto donde dormían. 
El tamaño del lugar
permitía perderse.
Alguien ponía nombre
a las máquinas del fondo. 
Todos esos objetos
que nadie usa.
Tu hija se acercaba a la puerta.
Le decías que fuera al jardín, 
eligiera un árbol, se trepara
y comiera los frutos de estación.
Subía al ciruelo. 
Yo pensaba que era un rubí.
Dormíamos en la cama
de tu mujer y su esposo.
En ese momento la casa
tenía dos hijas y un padre.
Los tres soñaban sin motivo
en causas diferentes.


El orden




El orden no pende de mi boca
ni llega hasta mis manos.
No soy yo la que quiso
un mundo en semejanza.

Y me pregunto

I-


Me pregunto 
por qué este acalorado 
rechazo de ningún hombre 
entero a la vida cierta
completa en la sonrisa 
sin hueco y hambre
a mi no faltar, a mi ósea 
no existencia.

Pero siendo en cruda la palabra
me pregunto por qué odio tanto 
tanto, la vida de estos hombres.
Si exagero en esto
o si me escondo en esto
o si horrendo el lacio de mi lengua
huye, sin golpear, el vivo paladar.

O si es que no se puede
ni queriendo, salirse 
del carril rumbado, salirse 
de rumbo, de rueda.
Y no andar si hiciera falta
y faltar si fuera cierto
que no estando, y dónde 
la copa rompe y dónde 
sobra el vino.

En qué lugar, en qué ahora
se clava la ceja al quieto.
Pero si falta, si faltara 
qué miedo arrastra 
el que no arroja 
ni el que a menudo llama 
ni el que guarda, su pedazo
a su adentro 
refugiado a fuerza
en la propia entraña.




II-

Y me pregunto en vano por mi odio
y me quiero a solas, porque quién dice
que hay un peso en la nuca
y un nudo colgando, al fin, de su pupila
que el ojo no vea, ni la cabeza agache.

Y me pregunto, de dónde
tanto el odio, se oprime 
tanto al pecho.
Estos hombres de dios
crédulos, serpientes de su padre
derraman lo que nunca han tenido.
Salvan su alma  y no saben rezar.

Estos hombres
no encuentran quién los cure
no abren la lengua del enfermo
no aman su contagio, ni se lavan  
de ellos mismos.