martes, 18 de junio de 2013

Desgracia y Atención, categorías sin medida.



"Hay una manera de transformar el tiempo vacío de la desgracia, 
en el tiempo vacío de la atención."

Maurice Blanchot







Blanchot comenta a Simone Weil.  Explica dos hallazgos de su experiencia: La desgracia y la atención. Siempre me pregunté por la atención que soportaba en la desgracia. La desdicha, en la forma que fuere, hizo de mí una mujer atenta.

Hay una diferencia sustancial entre la angustia y la desgracia; la clase. El desgraciado pierde - dice Blanchot- el tiempo, el mundo. La angustia, por más extrema que fuere,  conserva en algún punto el contorno de lo que se perdió. Mantiene la pérdida en tamaños grandes, medianos o pequeños. El hombre angustiado conoce la medida de su dolor. Tiene clase. La desgracia en cambio, vacía la forma de mundo en la que apoyábamos los pies. 

Blanchot explica: la desgracia es la pérdida de la residencia. Abandono tal en la que ya no es posible medir la proporción de lo perdido. No hablo del objeto. La angustia carece al igual que la desgracia de un qué duele. Es la falta de medida lo que el desdichado pronuncia por los ojos, sin habla. 

La palabra misma se sustrae. Invita a perderse. 
Entonces la atención. Alguien me mira.

La desgracia al espejo son los ojos devueltos en la forma de una atención inmóvil. 

La mirada para el desgraciado es el foco. La puerta. La primera llave. El primer mundo. Mirar, entonces a quién no habla y responde con los ojos. Buscar en cara al desgraciado.  Hacerlo ver para decir: sos yo quien mira. 

Acorralar su tiempo. Ser vistos por él.
Darle forma. Darle un rato de tenerla.  

El desgraciado , carente de contorno, ofrece la verdad de un mundo sin figura. 
Es él mismo el fondo. El más atrás.  

Atender al llanto sin corral. Atender dos veces al llanto sin puerta, sin llave, sin mundo. Atender como el enfermero al dolor físico de un paciente acorralado por la enfermedad. Mirar la desgracia sin ojos. Prestarle espejo.  Ser figura para el fondo liso del que llora sin causa. 

El desgraciado in-fundamenta su dolor. No porque fuera incapaz de hallar la causa, no porque no la tuviera, por el contrario la posee más que nadie y antes que todos, y justamente por ello es indiferente a lo que el conocimiento de ésta podría legitimar. 

La desgracia arrebata las figuras de mundo. Fondo del cual ningún elemento puede brotar y ninguna forma fingir tener su carne y su hueso. Pulso continuo, desde siempre. Es por los ojos que vemos atrás. La atención del que mira, observador, se presta como foco en la continuidad ininterrumpida de la desgracia. 

Una mala vida en vista. Una vista buena para la mala vida.

Recorrido allí donde no hay distancias. Su dolor excede la medida de su causa. Excede el espacio y la afirmación de los objetos. El sufrimiento de la desgracia descorre lo que iba aquí de lo que iba allá.  Quita medidas. Proporciones. Al ser fondo, la desgracia nunca concuerda con la causa y el efecto. No pedir razones al que sufre. No hacerlo explicar.

La palabra del desdichado nos confronta a la quietud de la atención. Inmovilidad tal que solo en esas condiciones - extrema y dulce atención-  somos capaces de actuar y quizá poner en acto,  la endurecida roca que el desgraciado sostiene en su garganta. 

Endurecer los ojos hasta el mirar suave de la atención. Ver dándole la vista. Así la piedra que no expulsa se transforma en pan.  Alimentar el famélico mutismo del desgraciado.  Las piedras dicen su voz. Los filos. Las rocas son todo lo que tengo.

Mirando, somos un poco desgraciados, un poco enfermos, un poco lugar.