jueves, 26 de noviembre de 2015

Canto fijo



                                                        
                                                                                                                                  Foto: Marco Zanger




Es simple: Canto fijo es un libro exigente porque lleva una exigencia que no hay que confundir con un juicio a los otros. Es un juicio porque es una toma de posición. Pero entonces nos hacemos enseguida la pregunta: ¿qué es un juicio que no se dirige a nadie en particular y sin embargo responde a un pedido? Responder a la exigencia que Enrique Dussel dijera, está a la base de la buena ética: no juicios de valor ni sentencias morales, solo el compromiso arcaico de dar de beber al sediento. Y no es menor un Dussel en todo esto. "Ayacucho", "Malinche", "laurel vencido", Fernando Herrera trae la tierra que está debajo de nuestros pies en sus palabras. Lo que viene de lejos y está en el centro de lo que es propio y se olvidó. Pero los poemas de Canto fijo no se quedan en casa (de existir -en algún lado- una casa). Vemos a toda hora la extranjería. Ya lo dicen muchos: el que nombra es un hombre desterrado, como el que lee, que para seguir leyendo empieza a escribir y escribir o leer -lo sabemos- es quedarse entre los signos. ¿Qué tierra entonces queda? Queda el cuidado por la tradición que cuida la memoria. Hacer memoria. "Izaaka, Ester, Kupa, Jakuba. / Porosa era el agua / que nos dieron al llegar". Si la historia debe contarse -como dice Walter Benjamin- desde el punto de vista de los vencidos, los poemas de Canto fijo caen donde los otros cayeron. Y el lector, si lee lo ilegible en lo leído, -como lo hace cualquiera que no sabe por qué lee, y en el fondo de esto se trata toda lectura- va hacia abajo y en horizontal se apoya junto a las pequeñas cosas: "el agua de las lentejas/ bebías/ con los partisanos" " Fue durante la guerra/ comíamos cáscaras de huevo/ hervidas/ en agua y sal". Canto fijo no se deja medir por los conceptos históricos. Hace callar al relato conocido para que se oiga lo que no se sabe en lo sabido. Esa mordaza sentimos al leer los poemas que toman la voz de los callados. Nos resta la pregunta: ¿quién es el que así habla?

                                                                                                                                         Por Adela Busquet